Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

sábado, 7 de enero de 2017

DAVID GONZÁLEZ LAGO [2.215]


David González Lago

David González Lago (Córdoba, 1981) es profesor de Geografía e Historia en un instituto de Enseñanza Secundaria. Es licenciado en Historia del Arte por la UCO y licenciado en Antropología Social y Cultural por la UNED. Actualmente estudia el grado en Lengua y literatura españolas en la UNED.

Interesado por la creación literaria desde la infancia, en los últimos años se ha volcado en la creación poética, obteniendo algunos reconocimientos como XXXVII Premio de Poesía de Bargas (Toledo). 33 reflexiones que Cristo haría en mi lugar, compuesto por 33 poemas de 33 versos escritos a los 33 años, es su primer poemario.


NOCTÍVAGO

Antes de ser brujo he sido cirujano.
De ahí que me sobrevengan las palabras
a punta de bisturí.
De ahí que necesite anestesia y tinta,
tinieblas y luna llena,
Una piel para desgarrar
y unas entrañas para echar un conjuro.
De ahí mis sombríos hechizos escritos,
mis trances nocturnos, mis invocaciones.
De ahí mis muchos desvelos.

Poema ganador del I concurso de poesía "Poetas Nocturnos",
organizado por "Diversidad Literaria".





33 REFLEXIONES QUE CRISTO HARÍA EN MI LUGAR de DAVID GONZÁLEZ LAGO (por Carmen Juan)

Desde la editorial Esdrújula nos llega 33 reflexiones que Cristo haría en mi lugar¸ un poemario escrito por David González Lago. 33 poemas, precedidos por un generoso prólogo de Antonio Praena, que constan de 33 versos cada uno y convierten este número en significativo al cubo, puesto que ésta es también la edad de su autor (y la edad con la que dicen que murió Jesucristo, como todos saben).

El escritor cordobés, que es además antropólogo, licenciado en Historia del arte y profesor de Geografía e historia, se mira en un espejo en el que comprueba que su silueta y la de Jesús no son tan distintas, salvando las distancias temporales y, por descontado, las de relevancia universal. Así, multiplica panes y peces y también copas, convierte en vino el agua y lo bebe repetidamente, y aunque reconoce al traidor que habita en su propia casa, consiente. Obra milagros apegados a la cotidianeidad tales como seguir levantándose cada mañana a pesar de todo, y perdona a los amigos que lo niegan y a sí mismo, que niega a su vez a los amigos.

Con un estilo desenfadado e irreverente, David se convierte en protagonista de algunas de las escenas más conocidas del Hijo de Dios, modificándolas, eso sí, para no caer en anacronismos. Se enfrenta a los mercaderes y cura a los ciegos, pero lo hace a su manera y por motivos modernizados. Es más pragmático que el Salvador de los cristianos porque demasiadas veces ha puesto ya la otra mejilla y escribe parábolas cargadas de ironía y en ocasiones de un componente de crítica social que no puede pasar desapercibido. Admite el poeta que no es muy buen pastor y que con el paso del tiempo, parafraseando a Marea, se aparta del rebaño porque no sabe dónde va.

Es este 33 reflexiones que Cristo haría en mi lugar un libro que, aunque peque en ocasiones de pretencioso (como puede parecer a veces la figura de Cristo, sí) es un ejercicio arriesgado, valiente, como bien observa Praena en sus palabras previas, porque ¿quién se atreve a escribir en torno a Dios en un siglo que ya ni siquiera se molesta en renegar de él? Por esta parte tampoco podemos pasar por alto el mérito de la editorial Esdrújula, que ha querido contar en su variopinto catálogo con un título de estas características.


Con la edad de Cristo

Ahora que por lo visto
tengo la edad de Cristo
he caído en la rutina
de morirme y resucitar.
Cada día dedico un breve instante a mi expiración.
Sin pena, sin dramas,
pues sé que a los tres minutos
—lo siento Cristo, yo soy más rápido—
volveré a la vida real.

Voy mutando con cada resurrección.
Nunca vuelvo a ser el mismo,
me siento más pesado y más libre,
más etéreo y más terrenal.
Rememoro mis vidas pasadas
y me propongo no cometer los mismos errores,
patear la piedra con la que siempre tropecé,
lanzarla lejos con un tirachinas gigante,
como un niño travieso haciendo justicia.

Con cada renacer renuevo mi propuesta,
propuesta siempre incumplida,
siempre amante insatisfecha

A veces juego a tener la edad de Buda,
renazco en otros cuerpos, en otros seres.
Me doy el placer de vivir otras vidas,
miro el mundo con ojos de animal,
respiro sin humanas preocupaciones,
soy consciente de la estupidez humana.
Me reencarno por el mero placer de jugar
—jugar con la creación, jugar con la Madre Eterna,
sentir la verdad de los latidos salvajes—.

Pero siempre vuelvo a mi antropomórfica resurrección.
Por lo visto tengo la edad de Cristo
y no es edad para andar jugando.


Sobre las aguas

No siendo el fuego el purificador
sino el líquido elemento omnipotente,
a veces camino sobre las aguas
y a veces me ahogo en un vaso
con tres gotas imperceptibles en el fondo.

A veces se avecina una tormenta,
me sitúo justo en el centro
y disfruto del diluvio universal.
Termino empapado, calado, arrugado,
me tiendo al Sol y espero tres días
hasta quedar completamente seco.

Parte del agua se evapora y, junto a mis efluvios,
vuelve a formar parte del ciclo del agua.
Una porción de mí estará presente
en futuras tormentas —rayos y truenos incluídos—
que calarán otras ropas, otras pieles, otros pensamientos.

Otra parte caerá en la tierra,
penetrando en ella, ayudando a germinar
plantas, animales, textos de futuras generaciones
de intelectuales y de ignorantes.

Unos llegarán —como yo— a la edad de Cristo,
otros —también como yo— a la de Matusalén.
Ni unos ni otros aprovecharán la dádiva del tiempo
recibido.

Otra parte calará dentro de mí,
otorgándome nociones de seres empapados antes que yo,
haciéndome más rico y más sabio
con cada tormenta, con cada pulmonía.

Lo peor son las veces en que me ahogo sin remedio
en las tres gotas del fondo del vaso:
una gota de temor que me desencaja el rostro,
otra de perplejidad que me inmoviliza
y una más de cobardía que me asfixia y acaba conmigo.

Suerte que, con mi edad, aprendí a resucitar.



Daños colaterales

Y si ves que me sangra la frente,
si ves caer cortantes gotas rojas
formando letras en su descenso,
conformando palabras ininteligibles,
si me ves adoptar un gesto de dolor
será porque tengo una espinosa corona de ideas
taladrándome la sien,
clavándose en mi cráneo, penetrando
y extrayendo a su vez ideas destiladas
que brotan coaguladas e impregnan,
como fogosos amantes sobre sábanas de seda,
la inocencia y la pureza del papel.

Si ves que me sangran las manos,
si me ves florecer repentinos estigmas
amaneciéndome de pronto en las palmas,
no debes tenerme miedo, no te extrañes,
no me tengas fe,
pues para mí es algo rutinario
estar clavado de ambas manos
—no a un madero cruciforme—
a una pluma y un tintero, y traducir,
clavado, el lenguaje secreto de mis entrañas,
sacarlo al exterior, darle vida,
escribir sin las manos, con los ojos,
con las gotas rojas de mi frente,
con cada pelo de mi barba tupida
—cada uno un verso, siempre creciendo,
siempre resurgiendo, siempre en expansión—.

Y si ves que voy camino del Calvario,
desangrándome, vaciándome de oscuras letras,
simplemente observa el reguero lento
—negro sobre blanco—
que iré dejando por el camino.





¿Y quién no?

¿Quién no ha convertido el agua en vino?
¿Quién no ha convertido el vino en autodestrucción?
¿Quién no ha dicho alguna vez,
en días oscuros, en noches ciegas,
«tomad y comed todas de mí»?

¿Quién no se ha entregado a un público insulso,
a un drama, a un espectáculo tragicómico,
aun conociendo el final de la representación:
«mi sangre, que será derramada por vosotras»?

¿Quién no ha caminado sobre las aguas?
Quién no ha caminado sobre el vino?
¿Quién no ha caminado sobre sus heridas,
quién no las ha rellenado
con litros de vinagre y kilos de sal?

¿Quién no ha clamado al cielo:
«Padre, no me perdones
porque sé perfectamente lo que hago»?
¿Quién no ha tirado la primera piedra
contra el muro arenisco de su propia nostalgia?

¿Quién no ha disparado tras la primera
cientos, millones de piedras más
contra sus propias llagas abiertas y mudas?

¿Quién no ha buscado el efecto placebo
en el fondo de una copa ausente,
en las profundidades de unos labios carmesí,
en la trastienda de una mirada de bestia depredadora?
¿Quién no ha escrito un poema crucificado?
¿Quién no se ha entregado a una causa perdida?

¿Quién no ha fundado —sin querer— una religión
mientras buscaba tan solo el bálsamo
de un cuerpo espiral bajo una sábana santa?
¿Quién no ha mordido adrede una manzana clandestina?
¿Quién no ha bajado del cielo a la tierra?







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domingo, 25 de diciembre de 2016

ANDRÉS MARTÍNEZ DE LEÓN [2.214]


Andrés Martínez de León

Andrés Martínez de León (Coria del Río, el 5 de abril de 1895 – Madrid, 25 de mayo de 1978) fue un escritor, pintor e ilustrador español.

De joven se matricula en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla. En los primero años del siglo XX, trabaja como ilustrador ceramista en Triana. En 1915 publica su primera ilustración, en la revista “Sevilla y sus fiestas de primavera”, donde repetiría al año siguiente.

A partir de 1918 comienza a colaborar en la prensa nacional y local. Es en El Noticiero Sevillano, donde publica por primera vez su popular viñeta del personaje satírico de Oselito.

El ilustrador, muy aficionado a los toros, crea Oselito como trasunto humorístico de Joselito El Gallo, fallecido por aquellas fechas. Lo representa con sombrero de ala ancha, pajarita, chaquetilla corta clara, pantalón negro, y con la mano izquierda generalmente en el bolsillo.

En la década de los veinte, publica en El Debate, Heraldo de Madrid, Semana Gráfica y Blanco y Negro. También siguió colaborando en todos los periódicos sevillanos de la época, La Unión, El Correo de Andalucía, y El Liberal de Sevilla. Desde 1922 trabaja permanentemente para el periódico madrileño El Sol, con una serie de viñetas diarias, ambientadas en escenas típicas sevillanas. En 1931 se traslada a Madrid, donde continúa colaborando en El Sol. A partir de 1933 se traslada a La Voz y a El Liberal de Madrid.

En 1935 viajó a Moscú para asistir, por encargo de La Voz, al XVIII aniversario de la Revolución rusa. Fruto del viaje fue "Oselito en Rusia", editado en 1936.

Al estallar la guerra civil, se alista en el ejército republicano donde realiza viñetas para los periódicos de trinchera, especialmente para La Voz y Frente Sur, Frente Extremeño donde su célebre personaje Oselito, se transforma en miliciano. A medida que la guerra avanza, la influencia de sus contactos con los intelectuales comunistas, tales como Pedro Garfias, Miguel Hernández y Alberti, radicalizan sus trabajos. Especialmente a partir de su traslado a Valencia donde trabaja regularmente en el periódico del partido, Frente Rojo. Tras finalizar la guerra, se traslada a Madrid, donde se le acusa de propagandista comunista. Fue condenado a la pena de muerte, conmutada en 1942 a prisión de treinta años y un día de prisión. En 1945 se le indulta y se traslada a vivir a Sevilla.

En los años cincuenta colabora regularmente en el periódico, España de Tánger, y en la revista humorística Don José.

En 1958 como consecuencia del cincuentenario del Real Betis Balompié, ilustra un libro donde se narra la historia del equipo y cuyo personaje, Oselito, es el hilo conductor de todo el argumento.

Murió en Madrid en 1978.





Oselito en Rusia (1936)
Ed. Almuzara, 2012. (fácsimil de la edición de 1936)

Prólogo a Oselito en Rusia (1936) , escrito por su autor, Andrés Martínez de León. 


Disen que, en Arte, el robo seguío de asesinato se perdona... Muchas obras grandes nasieron de argo insignificante que que el aire llevaba y traía sin que nadie advirtiera y sacara a la lus su mérito e importansia... Muchas veces, a estas ocurrensias les susede lo que a las coplas: que er pueblo las canta sin sabé de quién son, ¿y que importa? Er salero consiste en que se canten y se cuenten. Es señal de que se ha dao en la diana del sentimiento del pueblo. ¿Pa qué más gloria?



*


Ni dentro ni fuera se explicaban er fenómeno; pero er fenómeno estaba allí. "Er tó pa tó", le llamaban la gente der campo ar comunismo. Era famoso Vallina, er médico anarquista. Plasa Roja se llamaba la de la Macarena, y er Kremlin, la taberna de Cornelio. Un día sartó er "Kremlin" roto a cañonaso, volaron los jamone, corrio er vino y rodaron los queso. Mu serio, publicó un periódico italiano la notisia der suceso: "Ha sio tomá la siudad de Cornelio, sercana a Sevilla, por un ejérsito de veinte mil hombre, ar mando der generá Vallina, después de intenso cañonaso". Fue una època de fiebre. Mis paisanos, puestos a hasé er cambio, dieron raya -ya que no contaban con la crú- a los mismísimos comunistas rusos. Querían er comunismo libertario...


*


Hase un cuarto de hora que me senté ,  y todavía no ha venio ni un betunero, ni una gitana vendiendo lotería, ni er de las corbata, ni er de las cuchillas... Pregunto por ellos:
-¿A qué hora viene esta gente?
-Es que no vienen señó. En Pari hay de to, pero cada uno en su sitio. Er betunero, la lotería, las corbata ylas cuchillas de afeitá, como las demás cosas, tienen su sitio fijo señalao, y en ellos están.
Me quedé frío. To el espíritu libertario de españó por los cuatro costao que llevo dentro se revolvió contra aquella organisasión. Nuestro santo "Hago lo que me da la gana" había chocao con er "No señó; usté tiene que hasé esto".
-Estai ma atrasao que nadie -les digo-. Sin pobres, sin betunero y sin esas demás cosas que se venden en España con er café, no haréi nunca negosio. ¡Te lo digo yo, home! En mi tierra te sienta en una terresa, y no hase más que desliá er paquetillo de asuca, cuando, con mucho salero, suena una terrible vo en tu oido: "¡Charo limpio! ¡El rey del brillo!...", ar mismo tiempo que te cogen una pierna y te ponen er pie ensima de una caja. No ha salío todavía de esto, cuando una mano negra -naturá y artifisialmente- deposita con violensia un misterioso papé por entre er hueco de tus solapas. E una gitana que te dise con mucha grasia siempre lo mismo: "Queate con ese desimito, que tiene tipo de bailaó". Un gran manojo de corbata te ocurta ahora el cafe: ¡Corbata inarrugable, caballero!". Luego, otro (!fijate lo vario que es to, que ahí es donde está er salero!); "!Cuchillas de afeita para no pisarse la barba"! Despué, coro de pobre pidiendo; er niño que te quita la asuca, er que vende los cordonde... Totá: que si consigue tomarte el café, te va a la calle chispeándote los ojos de la algría del triunfo. ¡Ere feli!
-¿Y no intervienen nunca las autoridades?
-Nunca, es más: argunas vese, por probá, retiran a esta gente do o tre día, y ya tiene a los industriale reclamando: "Mándeme inmediatamente veinte pobres, dies betunero, ocho gitana, sinco corbatero y tres vendeore de chichalla, pues si no, me arruino." Las autoridades, naturalmente, mandan er pedío; se anima como por encanto la terrasa: vendeores, pedigüeño, y consumidores se dedican a un floreo de ataque y defensa, a robarse uno a otro el rayito de so en el invierno, er poquito de aire fresco en er verano, to lleno de alegría, de cordialidá... ¿No es bonito esto?
-No lo comprendo.
.¡Naturá!, ¿Cómo lo vai a comprendé? Son ustede nos esclavos, siempre encajonao dentro de la ley. Asi no llegaréi nunca a ninguna parte. Esta visto. ¡Como España no hay ná!




*


en Parí, salen rectas dose avenida en forma de estrella. En su centro, el Arco de Triunfo, rodeado de cien columnilla jugando ar corro, amarrás con caenas. Representan las cien batallas de Napoleón, y el arco entero está dedicao a cantá los estropisios afortunao del gran corso en casi toe r mundo. Nombres de siudade y lugares quedan en letras de bronce pinchá en sus muros pregonando como una grasia que a esta le derribó la sina, a este le partió la cabeza y al otro la boca.




*


le pasa como aquer que puso en su tienda este letrero: "Se habla inglés".. No lo hablaba él, mas dejaba en libertá ar que lovsupiera pa expresarse. "Parque de fiera", dise el Ayuntamiento madrileño, y quiere desí que él no las tiene, pero er que quiera llevarla puede haserlo.




GÉNESIS DE OSELITO

La humanidá ha creao muy pocos grandes símbolos de sí misma. Don Quijote,Hamlet, Fausto, Don Juan, yo...

"Entes de ficción" nos llaman los técnicos. Pero nosotros tampoco tenemos pelillos en la lengua pá los técnicos.

"El ente" es argo extremadamente delicao, dificilísimo de criar.  Se ha tratao de conseguirlo por inseminasión artifisiá, pero como si ná.

Al río humano no se le puede echá alevines de <> en invierno pá pescaarlos, ya grandesitos, en primavera. Sería perdé er tiempo, er dinero y los alevines.

Baste saber que, en lo que va de mundo, la humanidá había inventáo hasta una dosena de grandes símbolos. Y eso, abriendo mucho la mano y metiendo en er peso grandes y chicos.

Esta extraordinaria escasé de produsión , no debe a los <> que los haymuy buenos mosos, sino a la farta de materia gris humana en buenas condiciones de consumisión digna de uno de nosotros, pues éste es el único alimento que nos luse y sin er cuá es inuti dedicarse a su cría.

Expliquemosno:

Materia gris hay pero en vetas tan pobres que hace practicamente antieconómica su explotasión. Hombres y mujeres la tienen, la llevan orgullosamente sobre sus hombros enserrá en fuerte envase óseo, como un tesoro.

¿Y qué? si apenas les arcansa pa ellos, ¿van a criá un "entes" si er que menos necesita una masa gris de tres kilos, fresca y sana, na más  que pá empesá? ¿No habéis observao la cabesa de un productor de "entes" que suele ser como hecha pá dos y la lleva er solo?

Claro es que se puede mejorá lo poquito que a uno le haya tocao en suerte: sino pá dedicarse de lleno a la cría de "entes" ar mejo pá andá por er mundo si pegá muchos tropesones. A mí como conocedó del asunto, me tienen gustosísimo a su disposisión.

Lo primerito que hay que hasé, es procurá por tó los medios, mantené esta sustansia gris maravillosa, dentro de su embase originá cuidando muy mucho que ná de ella se sarga en descarrilos de trenes, choque de autobuses, o en esas tan frecuentes aprosimasiones inesperadas y violentas, contra er pretil de un puente, desde una Vespa.

Luego, llevaís siempre el embase en alto y al fresco. En alto, proque si acostumbra a hasé demasiadas reverencias, en una de ellas te puedes cargar a tu posible "entes"dando con él en el suelo con las cuatro patas por alto.

Más conveniente aún es conservar el embase siempre al fresco. Su mayó enemigo es la caló. En cuanto er só dá de lleno en él, los sesos, o se agrian, o se derriten y luego hay que tirarlos. Mucho ojo con esto.

De esta conveniensia nasió er sinsombrerismo.  Vean cómo er que aún lo usa -por carvisie, generalmente- se apresura a descubrirse en cuanto ve vení a arguien que pueda darle argo: "Pongo a sus pies -parese desirle- mi materia gris. no hay que devolver er casco".


Casi tó los males de nuestro siglo diesinueve, vienen de los gorros de dormí. A los moros a se lo han hecho saber muy seriamente, los técnicos: "O se quitan ustedes esas toallas reliá a las cabesas, o nunca tendréis, más higos chumbos y moscas. Así, parese que regresáis tó  de una manifestasión contra er Potectoráo frasé". Los alemanes deben al séro de sus maquinillas de pelá, el haber aclimatao las guerras en su suelo, gosando de una manera estable de ese alegre dinamismo de la lucha, sal y norte de la vida, puesto que la lucha es vida... según uno que no conosió es jamón de Jabugo, er vino de Jeré y er puro de La Habana.

La mujé tiene ideas largasdesde que su pelo es corto. Bajo aquellas matas de pelos que les bajaban hasta las corbas -¡ay muy buenas corbas, sí señó!- y bajo aquellos enormes sombreros con gallinas, chosas y hasta gualda de chosa, ensima, no podia incubarse ná bueno.

En cambio ahora nos pisan el terreno por toas partes.

Er pelo dá mucha caloó, y la caló es lo más malo pá los sesos. Vean ustedes la endeblé  enfermisá de nuestra época romantica. con aquellas melenas y la costumbre de no comé, no podía engendrarse ná sano. Les hubiera venió muy bien, siquiera tres mesesillos seguíos sentándose a la mesa a sus horas.

A los embases de materia gris, les va muy bien sierta libertá aérea. Ya que uno no ha de dedicarse a la cria de "entes" por ser difisilísima, ar meno procurá mantené y mejorá la que tenemos. Leé poco y comé mucho. No calentarse la cabesa por ná der mundo. Puede sernos, fatá. Mirense en el espejo de mi ilustre compañero Don Quijote, a quién, un recalentamiento de esos, le hiso salir por España cargaó de más latas que un solar,  a enderesá entuertos.

Cosa que no se le hubiera ocurrío  ni ar que asó la manteca.  

Un "ente", en un prinsipio, no es ná.

No diré que somos un átomo en el espasio, por lo desacreditadísimo que están los átomos actualmente, tanto electrones como protones. Pero  sí que somos unas partículas insignificantes, una cosa así como embriones de argo genial, rarísimo y misterioso, inconcreto, oscuro.

Siglos y siglos nos pasamos envuertos en el ambiente que respiran los humanos, revoloteando de acá pá allá, destapando y oliendo embases como resina fisgona: y, siglos y siglos nos pasamos también sin encontrá ná a nuestro gusto; una buena molla fresca y sana de masa gris, capás de tener el honor de engendrarnos.

Somos internasionales. Pá nosotros no cuentan esos paralelos, esas barreritas, divisiones y subdivisiones que los hombres han inventáo pá no entenderse. Lo mismo nos da una cabesa cuadrá, que redonda o en pico; que haga frío o caló, sol o niebla, tomar vida en una lengua que en otra... A nosotros nos da iguá. Er caso es encontrá un serebro bien curtiváo y sano. ¿Que esto es muy difisi? ¡Ah, claro!: por eso somos tan poquitos en er mundo. Pero cuando un día entre los días descubrimos el divino tesoro que buscamos, nos vamos hasia él con hambre de siglos, con una alegría tan grande que hay que pasarla pá comprenderla.

Y ya tó es cosé y cantá.


El hombre insigne, poseedor de tan rara sustansia serebral, nota, desde entonses, que argo le bulle en la cabesa; argo misterioso, sublime, casi divino, que pugna por concretarse y salir, pero sin que él asierte a ver bien sus contornos, ni a medir con esactitud, su verdadero arcance y dimension, cual si er dedo der genio guiara su parto, separando “aquello” de su control.

Y un glorioso día sin pensar, nos deslisamos silensiosamente de nuestra sabrosa gruta y, sin ruido ni tonterías, de puntillita, bajamos por el braso der que nos dio vida inmortá y salimos ar mundo por los puntos de su pluma sin que él se entere.

Así nasimos Don Quijote, Hamlet, Fausto, Don Juan, yo,... 

¡Ay! Que nadie envidie ar padre de unos de estos símbolos humanos inmortales.

Cuando aún esté er pobre hombre como cuarquié padre carnal, registrando al resién nasío por si és verdá, como disen, que cada hijo trae un pan debajo der braso, un gran tropel de gente serbirá las escaleras de mi casa gritando frenéticamente:

—Ha nasio “La Ilusión”. Er símbolo de “La Ilusión Humana”.

Inuti será que er sorprendío papi jure que él ha hecho a su niño pa que le vaya por los mandáos. La gente se lo arrebatará de las manos y con er tierno infante en arto como un estandarte sardrá a la calle vosiferando:

—He aquí “La Ilusión Humana”. Con dos gramos de ella y los ojos serráos, se puede ser hasta felis.

Aún er padre abandonao tratará de recuperá al hijo de sus entremasas a grandes voses de bruses en su barcón:

—No sé esaboríos y traé pá acá a mi niño que me tiene que í al estanco.  —¡Fuera! ¡Fuera! Mentira. Esto és “La Ilusión”. Usté a morirse pa ser inmortá.       Y entre conminasiones de la “Gran Compañía de Apagones y Lú”, y aviso der casero, er glorioso autor escuchará desde su despacho del hueco de escaleras, er cresiente oleaje de la fama, del hijo pródigo, viendo, con pena, como esta ha marchitao la de sus otros hijos, algunos según él, más hermoso y fuerte que el que se llevaron.


Ya “La Ilusión Humana” no cabe en la nasión de origen. Ha borrao las fronteras y habla toas las lenguas. Técnicos de toas parte la exsaminan detenidamente, consurtan libros, se asercan, se alejan, y, por úrtimo, dándole un cariñoso espardaraso, sentensian:

—Visto. Se trata efectivamente de “La Ilusión Humana”. ¡Y de la buena! Mantenerla siempre de canto. Muy frágil.

Er pobre padre, calla. Tiene el agridurse de la gloria que su hijo, a cambio de no irle a los mandaos, le ha metío por las puertas. Pero son laureles sin papas. Y un día muere. No importa: era ya un limón sin sumo. Levitas y chisteras le agradesen la ocasión que les brinda pá salí de sus aburridos armarios.

Y er mundo sigue.

Unas a unas las generasiones que le suseden van sertificando lo mismo respecto a su hijo:

—Esta es “La Ilusión Humana”. Las declaraciones der padre de que creó a su hijo pá mandadero, fueron hechas, indudablemente, pá despistá. En aquellos tiempos no se podía desir tó lo que se quería. Te llevaban dándote guantasos más allá de tu casa.

Y cuando una generasión más agradesía que sus predesedores pregunte por los gloriosos huesos del inmortal autor de “La Ilusión” le responderan distraíos:

—No sabemos. Disen que los pusieron por ahí.

Que nadie envidie al infelí mortal ar que le nase un “ente”.

Con dejarle vendé en vida, cuarquier casa de cuarquié calle o plasa, que hoy lleva su nombre, el autor de “La Ilusión Humana” hubiera conosío argo de lo que creó. Pero...

 Argunos tacharán de pesimista lo que he dicho sobre la suerte que suelen tené en esta vida los productores de “entes”.

No. ¿Qué más dá de que se pierdan huesos ilustres habiendo en er mundo tantísimos “huesos” sin ilustrá ni ná? ¿Qué la “Gran Compañía de Apagones y Lú” le dejó, ar fin, a oscura? ¡Se llevaba gastao en velas pá poné una sentral por su cuenta!    No. Yo me he limitao a contá las cosas como son. Luego, que cada uno escoja er coló der cristá con que ha de mirarlas.

Un ejemplo típico der nasimiento y desarrollo de mi “ente”, lo tenemos en don Cristoba Colón.

A don Cristoba también se le posó uno de nosotros en su hermosa masa gris. Era el embrión genial del descubrimiento, de golfos, y aguantando los cocasos de los monos.

También creyó Colón que había descubierto ar niño de los mandáos. Fueron los demás —como a “La Ilusión”— los que le pusieron su verdadero nombre: América. Don Cristoba sólo vio unas islitas, que ni poniéndolas en regadío podían justificá er cansansio y los peligros de tan largo viaje:

—¿Y pa esto —se preguntaba— he traío tó er viaje ar paisano de Oselito, Rodrigo de Triana, en lo arto de un palo como una gallina?

Vidas y muertes paralelas en los creadores de “entes”.

Con la sola diferensia de que, del de “La Ilusión” no queda ni los huesos, y de Colón tenemos varias edisiones.

Nadie envidie —repito— a los llamados inmortales.

Yo ar menos, no le arrendaría las ganansias.

Tengo que hablá de mí.

Pero aquí entre nosotros, en confiansa, con sinseridá. Sin que se quede ná por dentro.


¿Creen ustedes que la masa gris de mi papi estaba en condisiones? No. Pero es que yo tampoco soy un “ente” como mis compañeros, tiesos, engoláos, demasiaos importantes. A mi me gusta la sensillé, la humirdá, la alegría sana: Ser amigo de tó er mundo, aunque les cueste trabajo creerlo a toreros, padres, apoderaos, ganaderos y demás descomponentes de la fiesta de los toros a la que tanto quiero.

Tampoco he sío mui internasioná, lo confieso. He recorrío, sí, er mundo muchas veses de punta a punta. Pero mis pajarillos sólo se alegraban de manera integral, en Andalusía. Era lo que más me gustaba. ¡Que tierra esta, papi de mi arma! Yo no comprendo que haya persona que nascan en otro láo.

Pues esta sensillé cordial de mi carácter tan alejáo de la trasendental grandesa de mis distinguidos compañeros “entes”, y mi querensia irrefrenable hasia Andalusía, fue lo que me hisieron pasá por tó poniendo una venda en mis ojos, hasta desirme: “Anda. Por una vé quien lo va a sabé”, y colarme en la masa gris de mi papi a sabienda de que no era digna de mi “ente” de medianas pretensiones.

Y aquí estoy y no me pesa.
Nasí en Triana. Mi padre, en Coria del Río.

Coria, a corta distansia de Sevilla, es un pueblesito que baja sin temor arguno ar toro del río hasta las mismas barbas der Guardaquiví pa meterle entre los cuernos er blanco pañuelo de sus casas. Con su hermana siamesa Puebla, forma el rincón más rico de toa Andalusía en hombres de a caballo, retostaos por el sol marismeño, sobríos, fuertes y valientes, que surten las mejores cuadrillas de buenos picadores, o las ganaderías de inapresiable conosedores der toro bravo que crían a sus manos pa que luscan luego su fieresa por toas las plasas der mundo.

Ya saben ustedes tanto de mi nasimiento como yo.
Tengo que hablá de mí.
Pero aquí entre nosotros, en confiansa, con sinseridá. Sin que se quede ná por dentro.

¿Creen ustedes que yo, el “ente” Oselito, sería capá de salí por España a enderesá ná; pá serví de chufla y resibí más guantasos que un tonto?

¿Iba yo a tardá tanto tiempo en arrancarme si mi padre vestío de fantasma, me pidiera argo?

¿No es una tontería vendé ná a cambio de juventú cuando se ven por ahí a tantos jóvenes sin sabé administrá su tesoro?

Y ese iluso de don Juan, ¿por qué se empeña en colesioná mujeres si con una sola ya no se puede viví?

No. Mis mayores respeto a mis ilustres compañeros, pero que no cuenten conmigo pá ná.

Ellos son engolados, tiesos, demasiaos importantes.


A mi me gusta la sensillé, la humirdá, la alegría sana: ser amigo de tó er mundo... aunque le cueste trabajo creerlo a padres de toreros, apoderáos, ganaderos y demás componentes de la fiesta taurina.

¿Creen ustedes que la masa gris de mi papi estaba en buenas condisiones de consumisión pá mi “ente”?

¡Cá! Ninguno de los gloriosos símbolos humanos, compañeros míos, hubiera engendráo allí aunque se lo hubieran pagáo bien. Seguro.

Fue esta humirdá, esta sensillé y cordialidá mía y, antes que ná, mi querensia irrefrenable hasia Andalusía, la que me miró pasá por tó. Y me dije: “Anda. Por una vé quien lo va a sabé”. Serré los ojos, me sambullí y aquí estoy.

No he sío, lo confieso, un “ente” demasiao internasioná. He recorrío, sí, er mundo muchas veses de punta a punta. Pero mis pajarillas sólo se alegraban de manera integral en Andalucía. Era lo que más me gustaba.

¡Qué tierra esta, pare de mi arma! Yo no me explico como hay persona que nascan en otro lao.

Toa Andalusía es maravillosa. Pero tiene una veta jamón; un sitio que es como una espina dorsal espiritual donde se reune lo más fino, lo más alado y hondo al mismo tiempo, de esta tierra de ¡óle!

Me refiero a esa línea que flanquea de serca er Guadarquiví lo que, partiendo de Cai, para por Jeré y termina en Sevilla como si er viejo Beti —óle, viva “er Beti”— llevara en sus aguas las mejores herensias de muchas sivilisasiones pá irlas tirando a puñaos sobre los álamos blancos de sus orillas, y desde allí aromá el resto de Andalusía.

Cuanto me gustaría esta tierra y sobre tó Sevilla, que aún sabiendo que mi papi era “na má” que de Coria, lo vé por Triana y me dije: “Aquí va a sé. Este mismo es bueno”.

¡Coria del Río! Er pueblecito, que, sin temó arguno, le mete por los hosicos er blanco pañuelo de sus casas, ar toro del río: er de los hombres a caballos, retostáos por el sol marismeño, inapresiables conosedores der toros bravos criaos valerosamente en sus manos pá que luscan luego su fieresa por toas las plasas der mundo.

Pues aquí nasió mi papi. En Coria del Río.

Y un poco más acá —en Gerve— er mejó de los toreros: Gallito.

Y un poco más acá, —¡en Triana!— yo.

¡Se pueden encontrá tres lugares más serca unos de otros y con más suerte en er mundo?

¿Qué voluntariamente me he limitao a ser mi “ente” pequeñito, cordial y alegre?

¡Mejó!

Que mi padre es muy poquita cosa?

¡Mejó!

¿Que yo no me pueo compará con Hamlet, don Quijote, Fausto o don Juan?

Ni quiero. A tó los que ellos dejan dormío contándoles sus cosas los despierto yo con las mías.

Y más vale un hombre despierto que sientos dormíos.

¡Viva Andalusía!

Sevilla produse espejismo como las marismas de un río.

De Sevilla se ha dicho tó y no se ha dicho ná.

Cada uno creemos tener a la verdadera sartando en la parma de la mano, y ella se ríe de nosotros.

Es una y mil.

Espejéa burlona deslumbrando, despistando, esquivando.

Es superfisial y honda, intransendente y eterna, desgarrá y pudorosa.

Su “duende” te engaña hasiéndote pasar por oro de ley lo que sólo es viruta, y luego colma tus manos de oro purísimo hasiéndote creer que es viruta.

Espejismos.

No sólo el forastero es victima de él.

También el sevillano dudando, se pregunta a veses: “¿Qué es Sevilla?” Dos minutos más tarde, otro espejismo le hará rendirse admirativamente, sin condisiones. “Esto no pasa más que en Sevilla”.

Y er “duende” de la siudá-mujer, invisible, seguirá burlándonse con sombra hasta de su sombra, soñando aquí y allá, ahora conmoviéndote hasta el fondo de tu alma: luego, arrancándote un gesto despectivo.

Entretanto la siudá chiquita y bonita, seguirá toreando al sol, quebrándole en corto por sus calles estrechas que las casas cuidan de no apabullar con su altura. Al contrario: se agachan mimosas brindándoles por entre el florido enrrejao de sus canselas, el íntimo y fresco purmón de sus patios; ponen al arcanse de sus manos el jasmín de sus barcones y le desbordan rosas y geraneos por el pretil de sus azoteas.

Ahora se oye ar “duende” aquí, luego allí...

Que nadie intente enserrá a Sevilla entera en su pequeña jaúla particular.

Sevilla no es un grillo

Se le escapará como el pez en el agua.

Sevilla tiene “castaña”

¡Y de las pilongas!

Al arcanse de cuarquiera está er distinguí una cosa grande de otra mayor, una cantidá de otra cantidá.

Lo difisi es descubrir la calidá, lo íntimo, lo exquisito, la personalidá.

Un día acompañé a un forastero, por Sevilla.

Era un hombre fuertote, achaparrao, de andares basculantes a derecha e isquierda. Sus negras rejas siamesas, se abrían en amplio arco bajándole las puntas como er bigote de un chino. Caminaba lento. Debía tené juanetes como membrillos. Sierto tufillo a queso y chocolate completaba su carné de identidá.

(¿Qué queréis? Obliga a mucho el ser sevillano).

Cuando ya mi homenajeado se había bebío medio Sanluca y comío sus “tapas” y las mías, creí llegao er momento sipcológico que esperaba:

—¿Qué, amigo? —le pregunté—. ¿Qué le parese a usté Sevilla?

—Mire —respondió avansándose al resto de mis “tapas”—. En Santandé se “tira” mejó la servesa.

Yo no le tiré a él de la silla abajo de un guantaso, porque ya he dicho que era fuertote y achaparráo.

Pero tuvo que irse a la estasión preguntando.

¿Es que puede hasé un viaje ná menos que a Sevilla, só tío esaborío, pá sabé si la servesa la “tiran” mejó en Santandé?

Cuanto tiene que sufrí un sevillano fino con la incompresión de siertos tiparracos. Pero no crean ustedes que sólo nos pasa con er der tufillo a queso y chocolate. Este hombre, después de tó, no ha visto más mundo, hasta ahora, que er que arcansó a vé tras er pequeño espasio vital de su mostradó. Hay por ahí cá intelectuá que visita a Sevilla de tren a tren y luego largan por los puntos de su pluma cada cosa...

¿Y los que quieren que Sevilla sea como Londres?

Una vé tuve que cargá con un permaso de esto.

Era españó, pero el hombre acababa de dar un vistaso por Norte América y tó lo nuestro lo miraba por ensima del hombro y dándome cuenta de mi responsabilidá como sevillano estremé con él mis atensiones, portándome tan finamente, que hasta intenté pronunsiar correctamente las eses finales de las palabras, las jotas, las uves, las bé, las sé, las setas... Comprendo que argunas veses hasía gran consumo innesesario de eses finales y sierto lío con las demás letras, pero en esto lo que hay que agradesé es la buena voluntá y na má, ¿no le parese a ustedes? Tó er mundo no puede viajá por el extranjero.


Desde er Patio de los Naranjos, le enseñé la Girarda:

—La Girardass —me limité a desí.

Lentamente recorrió er forastero con la vista la sin par torre de encaje de morenos ladrillos. Se hallaba abierto de pierna, tieso como si se acabara de tragar un bastón.

—Chica —sentensió—.

—Les arviertos a ustedd que ahora le van a echá dos pisos másss.

—Será igual. ¡Chica! El “Empire” neoyorkino es cuatro o sinco veses más alto.

Entramos en la catedral:

—Mire ustesss pá arriba. Esta es la catedral más grandess der mundo. Loss que la hisieron trataron de produsir tal asombross que lasss generasionesss veniderass le tomaran por locosss.

—Y lo eran —contestó secamente—. ¿Pa que sirven estos inmensos espacios perdidos? ¿Cuántas plantas de ofisinas cree usté que cabrían en él?

Tampoco le gustó el alcázar:

—¡Vach! Pacotillas, efímeros adornos de yesos o toscos ladrillos de pobre barro. Todo muy pintadito como jaula de canario.

—Po aquí al láoss —le respondí sin arterá mi finura— tenemosss el Archivo de Indias que ésss tó de piédrasss.

—Eso és una mesa de billar con las cuatro patas por arto.

No había manera de contentar ar forastero extranjerisáo.

—Mire, Osé —me dijo declarándome ya francamente la guerra—. Comprendo que a ustedes les guste esto porque no conosen otra cosa. Viven aún en el siglo XVI y viven contentos. Pero país del siglo XX, Norte América. Eso és sivilisación, vida moderna, riquesas, cantidades ingente de todo, maquinismo...

Paró un momento pá tomá aliento. Yo ni pestañeé, manteniendo abierto er paragua de mi pasiensia.

—¡Oh, er maquinismo norteamericano! —exclamó mirando ar sielo con los brazos abiertos y con tal meneo armirativo de cabesa que se le cayó er sombrero—. ¡Qué adelantos más maravillosos! Mientras ustedes recorren aún estas callejas oscuras, guitarra bajo el braso para hablar a su novia tras la reja, allí mete usté una cantidá en una máquina y le sale un traje a medida; unos séntimos y le sale una servesa; un poco más y le sale el almuerso.

—Hombre —le interrumpí—; argo de eso sí tenemos.

Nos encontrábamos junto a la Torre del Oro, pansuda y bajita como odalisca en la reserva. Los muelles repletos de barcos, se extendían, por la parte de Sevilla, a lo largo del río. Allá a la derecha, er Puente de Triana, er puente con más salero pisáo, que toas las uvas der mundo. En frente de nosotros, “er barrio de las arcayatas” pá los gitanos, Triana, alineando sus casitas asules, verdes, añil, blancas, ocres, sobre el Guadalquiví pa que puedan mirarse en sus aguas. De los muelles ha vuerto a caer al río una camaronera chocando alegremente con las aguas.

—¿Ve usté? —le dije ar senizo agachándome a cogé una piedra—. Esta piedra la acabo de cogé der suelo. No vale ná. Vea tó las que hay. Po mire usté.

Y lansando er pedrusco con fuersa sobre la caseta de un carabinero terminé:

—¡Verá usté como “sale” un carabinero!

Efectivamente. De la caseta salió como un rayo un carabinero que puso al esaborío españó-extranjero como no digan carabineros con bigote, enfadáo.

¿Ven ustedes? Otro que también fue a la estasión preguntando:

Cuantos espejismos produse Sevilla y, aunque por el carril de la simpatías, cuantos prejuisios se traen a ella.

—Aquel que está sentáo junto al mostrador y el otro —me preguntó un forastero de esto— son picaores ¿verdad?

—Que está usté hablando, cristiano? —hube de aclararle—. Si ese señó es er Presidente de la Diputasión de Sevilla y er que está ar láo er de la Audiensia.

¿Gitanos, toreros, bailaores,...? ¿Cuándo se vais a enterá só... forasteros que aquí también ganamos er pan con er sudó de nuestra frente?

En cambio, ¡cuánto agradesemos al que nos comprende!

Allá van esas virutillas de mi tierra, espejismos risueños bajo el cual el “duende” de Sevilla ocurta, a veses, argún escosor humano. Desde hace treinta años, muchas de estas historietas han ido viendo la lú en las hojas-mariposas de los diarios, mariposas-hojas con sólo un día de vida. Aquí tendrán mejor cama. Me veo obligáo a recordá a tantos como casaron en er vedáo mío. No les guardo rencó. Quizás yo también arguna ves sin saber que existe a la veda haya cogío arguna que no era mía. Es igual. Disen que, en Arte, el robo seguío de asesinato se perdona. Se quiere desir que es suya. Muchas obras grandes nasieron de algo insignificante que el aire llevaba y traía sin que nadie advirtiera y sacara a lus sin mérito e importansia. ¿A cuántos han echao de un bautiso por contá con malage una cosa que en er fondo tenía grasia? En la misma Sevilla, a muchos.


Yo sólo pido que er que coja argo mío lo cuente con salero.

Muchas veses, a estas ocurrensias les susede lo que a las coplas: que er pueblo las canta sin saber de quien son ¿y qué importa? Er salero consiste en que se canten y se cuenten. Es señal de que se ha dáo en la diana del sentimiento del pueblo. ¿Pa qué más gloria?

A este libro de historieta seguirá otro y otro. Si no se alegran los senisos, esaboríos, metepatas, y quitapelusas, que se mueran de penas. Los que tengan la fortuna de saber reír, que me sigan. El hombre es el único ser sobre la tierra a quien Dios le dio el enorme privilegio de la risa. ¡Yo ar meno no he visto nunca a un burro con las manos en la barriga riendo a carcajá por mucha grasia que le haya hecho er pienso!

Andrés Martínez de León

*Extraído de  la obra, "Oselito en Rusia", (seguido de Oselito Extranjero en su Tierra), Almuzara y Fundación Martínez de León, editado en noviembre 2012.        







Portada de ABC de Sevilla, 2 de Junio de 1968, Domingo de Pentecostés





Óleo sobre lienzo, "Carretas del Rocío entrando en Triana"




Dibujo original de Andrés Martínez de León, que ilustró el poemario "Romances del Sur", 1956 de Manuel Martínez de León.







Edicions Bellaterra, "Los Amigos del Toro.El toreo: sus males y su remedio por Oselito" de Andrés Martínez de León.

Desde que Goya hizo su Tauromaquia, nadie en España ha dibujado los lances de la lidia -unas veces en serio y otras en broma- con más vigor, con mayor dominio que Martínez de León.







SE HA DICHO DE MARTINEZ DE LEON

Por su manera de enfrentarse a la idiosincrasia particular andaluza sin complejos ni exaltaciones, por su dibujo de limpio trazo, por su manera de componer en base a la contención de medios, por su agilidad en la captación de gesto y aptitudes, por su capacidad para sugerir en lo no representado, Andrés Martínez de León(Coria del Río, 1895-Madrid, 1978) fue un ilustrador muy solicitado por escritores y editoriales durante décadas donde que realizó su labor. Hoy es un creador redescubierto por la contemporaneidad artística, literaria y plástica, entre la que cuenta con fervorosos admiradores.   

Iván DE LA TORRE y Juan Ramón RODRÍGUEZ-MATEO

Merecía la pena ser torero, siquiera fuera para verse plasmado por este paisano mío, Martínez de León,  un Maestro que quedará para la historia del arte y de la pintura.  

Juan  BELMONTE

“La excelsa calidad de un artista la expresa mejor que ningún otro accidente la imposibilidad de la imitación. Andrés Martínez de León es único en su maestría. ¿Cuántos quisieron seguirle en la ingravidez de sus trazos, en la rica expresividad, de su claro oscuro, en la emoción aérea de cuanto dice y cuanto toca? Muchos. Pero todos desconocieron que tras aquel humilde, al parecer, mecanismo de sus dibujos y sus pinturas, se encerraba eso que no se logra más que por favor del Supremo Creador: la sal, la gracia, la emoción, la sana alegría y lo indefinible… esencias purísimas de su pueblo, de su Sevilla, única escuela y magisterio de este artista impar, siempre joven y sencillo, nimbado por la gloria y por las más elegantes de todas las maneras: la modestia, la sencillez la humildad, la voz baja que llega lejos, lejos… Hasta el corazón”.  

Joaquín ROMERO MURUBE 
ABC de Sevilla


Lo más difícil en la fiesta taurina, es captar el movimiento en el ruedo. Y Martínez de León con cuatro rasgos, hace vivir las figuras en ese movimiento. ¿Cabe mayor Acierto?. 

Ignacio ZULOAGA


Martínez de León, otro genio como Gallito en ese dificilísimo arte de plasmar figuras y ambiente en cosa tan manoseada y pocas veces lograda como es la fiesta de los toros.  

Gregorio CORROCHANO

A la vista de estos óleos, obligado es clasificar a Martínez de León entre los adeptos de la yuxtaposición de la mancha, según la escuela impresionista. Pero no sería justo aplicarle ese marchamo de la división del color, ya que con frecuencia, él la amplia hasta aplicar sueltas pinceladas harto espesas. Y por medio de éstas, ¡qué sensación de atmosfera!. Hay aquí por lo menos, media docena de instantáneas de muchedumbre en las gradas del coso, en que se diría que se respira el polvillo del reflejo solar, en que la masa distinta de gentes parece vibrar con movimiento propio a cada uno de ellos, y hasta con sonido.  

Margarita NELKEN
Revista HOY, Méjico, 1957


Gran lección del toreo la que nos ofrece a los aficionados y a los amantes de la buena pintura Andrés  Martínez de León. No se ha contentado con estar en los tendidos como un espectador más o como invitado a una fiesta campera. Lo que él sentía, lo que él admiraba lo supo llevar al papel y al lienzo con su gran arte para recreo de nuestro espíritu.

A.  DE LA VEGA
HOJA DEL LUNES de Sevilla

De verdadero acontecimiento, grande excepcional y único hasta nuestros días,  puede sin duda calificarse exposición de Martínez de León. Todo gran dibujante tiene que ser pintor, por la sencilla razón de que dibujar consiste solo en resolver el valor de los  colores en un solo tono y por tanto cuando resuelve el dibujante los problemas del colorido lo hace con la consistencia y fuerza requeridas en el modo de realizarlo.  
Ricardo MARIN
Diario CLARIDADES, Méjico


Con estos temas Andrés Martínez de León, que ya era gente con lápiz y pincel, se ha colocado en los cuernos de la luna con los cuadros que ha pintado para Méjico. Algo digno de su famoso nombre.  

Eduardo PALACIO VALDES
LA VANGUARDIA


Autentica pintura española la de Martínez de León, de fuerte técnica impresionista que procede de la inmensa fuente de Goya, y que recuerda a Lucas, a Alenza, al más moderno Roberto Domingo, sin confundirse con ninguno de ellos.

Máximo MUÑOZ
EXCELSIOR,  Méjico 

  
Martínez de León fue un maravilloso artista, escritor, humorista, ilustrador y pintor, que debería estudiarse a fondo y compilarse su extensísima obra. Su vida es un caso extraordinario de valentía  y supervivencia. 

Teresa LAFITA
ABC de Sevilla



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