Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

martes, 20 de marzo de 2012

1123.- SARA GUTIÉRREZ CABALLERO



Sara Gutiérrez Caballero, Jerez de la Frontera (Cádiz). Estudió Filología Hispánica y es socia fundadora de la editorial Trípode Libros. En 1994 sus poemas se incluyen en el volumen “X Selección de Voces Nuevas” de la editorial Torremozas, en 1996 publica el relato “El otro mundo de mi tío Salvador”, en 1999 publica el libro de poemas “La cárcel del tiempo”, en 2001 gana el primer premio de poesía “Mujerarte”, en 2004 gana el premio “Gourmand” con el recetario “El aguacate, 100 recetas escogidas”, en 2005 gana el primer premio de poesía “Pilar Paz Pasamar”.










CAMBIO DE ESTACIÓN
Siempre quise viajar a cualquier parte
de donde regresar fuera un pecado
de suma libertad.
Compré billetes
a un paisaje remoto, a antiguas islas
breves y ensimismadas como un soplo,
y a ciudades lluviosas sin saberlo.
Ahora me basta un tren de cercanías
para cumplir de sobra mi destino.
Y el humo, mientras cambio de estación,
va dejando su aroma escrito en los andenes,
mi vida, en estos versos.








LISBOA
De Lisboa recuerdo sus jardines
somnolientos, las calles tortuosas
del barrio de la Alfama y la luz
secreta de las tardes frente al muelle
donde juntos bebimos las mareas.
Y recuerdo las noches sin penumbra,
el mar azul, la ruta de los trenes
que perdimos aquel junio radiante
y luminoso.
Hoy escucho su eco
mientras la niebla flota en los collados
y crujen de añoranza los raíles,
la hiedra, los postigos y los fondos
del agua entre sirenas extinguidas.
No sé si lo recuerdo o sólo olvido
el peso inmarchitable de las sombras.
Pues aunque el tiempo arrastre hacia la nada
la juventud, la dicha, los tesoros,
aunque no vuelva nunca el paraíso,
siempre será en Lisboa primavera:
no existe en la memoria ni en sus mapas
ese tranvía oscuro del regreso.










PARTES DE GUERRA



La guerra ha terminado. Aquí tenéis
la lista de los muertos. Nadie vela
el reposo, la quietud infinita
de estos cuerpos sin nombre. Un viento cruza
las calles abatidas y el silencio
sacude más que el frío de las balas.





El polvo se afianza en sus dominios,
en este decorado de la herrumbre
y la melancolía. La figura
de un muchacho atraviesa de una acera
a otra, indiferente, con el paso
que arrastra la desdicha de estar vivo
y estar solo y perderse entre las sombras.



Oigo caer la noche bajo el humo,
rendirse de cansancio las estrellas,
brotar del cielo un dios que no conozco
por ávido, por necio, por terrible,
por sepultar palomas en la nieve
mientras llega el olvido. La ciudad
despide un recio olor a podredumbre.



Sigue vivo el dolor y son las ruinas
cadáveres de piedra, y los atajos
son lentas cicatrices horadadas:
la cosecha después de tanto fuego,
de tanta oscuridad, tanta ceniza.

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