Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

martes, 26 de marzo de 2013

1506.- RODRIGO CARVAJAL Y ROBLES



Rodrigo Carvajal y Robles 
(Antequera, Málaga   1580-1635).

Poeta antequerano. Residió desde 1599 en Perú, donde se distinguió por sus acciones bélicas contra los holandeses. Sus obras poéticas están incluidas en el Cancionero antequerano y las Fiestas de Lima por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos (1632). En esta última ciudad perteneció al llamado Círculo antártico. Su obra de mayor calado es el Poema épico del asalto y conquista de Antequera (Lima, 1627), escrito en doce cantos. Como en Bernardo de Balbuena y en otros escritores de generaciones anteriores, la realidad americana y la lucha armada parecen impulsar la vena épica de Carvajal, que, no obstante, prefiere retrotraerse a épocas pasadas para su desarrollo épico-literario.

Bibliografía

LÓPEZ ESTRADA, F. (Ed.)- Poema heroico del asalto y conquista de Antequera. Madrid, 1963.




TEMOR

No hay placer que no tema mi deseo,
ni pesar que no tema mi sentido,
y siempre mi esperanza me ha mentido,
y nunca sin temor mentir me veo.

Mas puede tanto el loco devaneo
de mi vano esperar que no he podido
acabar de entender que voy perdido,
y me pierdo, y me acabo y no lo creo.

Pienso, por el camino que he dejado
tan luego atrás, que estoy de mi sosiego
muy cerca, mas no llego a ver mi suerte.

Antes me aflige más este cuidado,
porque pienso que llego y nunca llego
y el más entretenido es el más fuerte.





Don Rodrigo de Carvajal y Robles

Ante todo, justo será reconocer que si Lope incluyó en su Laurel a Carvajal y Robles con mucho más fundamento del que tuviera para hacerlo respecto de otros escritores, tal tributo de su parte venía a ser simple retribución del que aquél le había consagrado apenas tres años antes en su Conquista de Antequera, diciendo de él en el canto X:

    Mas, de un Lope de Vega, el campo raso
tan ameno será, que de sus flores
se coronan las nueve del Parnaso
por ver la variedad de sus colores:
pasará del Oriente hasta el Ocaso
la plena suavidad de sus olores,
y a pesar de la invidia, más fragancia
con las flores dará de su elegancia.



Otra observación que ocurre inmediatamente tratando de Carvajal, es cómo después del recuerdo que le consagró Lope, su nombre pasa inadvertido en los anales literarios, a tal punto, que salvo la cita que de él hizo Pellicer de Salas en su Bibliotheca, impresa en Valencia en 1671, con ocasión del Panegírico que le dedicó67, y luego el corto apunte que le consagró Nicolás   -96-   Antonio en la suya, ni siquiera obtuvo alguna mención de Ticknor, y lo que es más, tampoco de Mendiburu, ni de ninguno de los modernos escritores peruanos. Puede todavía agregarse que esa preterición reza no sólo con su persona sino también con su obra capital, el Asalto y conquista de Antequera, a que ya aludimos. Así, el campo biográfico y el literario de nuestro autor, vírgenes hasta hoy, nos van a permitir decir algo de su persona y de su obra.
Don Rodrigo de Carvajal y Robles nació en Antequera68, y era de familia de notoria hidalguía69. No constan sí, ni los nombres de sus padres, ni la fecha en que vino al mundo, ni los estudios que hiciera, que algunos debieron de ser por las reminiscencias clásicas que se registran en sus obras. Con todo, parece lo más probable que abrazara la carrera de las armas, única que él recuerda. Como mílite quizás pasó al Perú, en una fecha que no es posible precisar, si bien anterior al año de 159970, en el que consta que hallándose en el valle de los Maxes fue en compañía de don Fernando Chacón, su tío, y como alférez suyo, al socorro del puerto de Chilca y villa de Camaná para resguardo de un posible ataque de los corsarios ingleses que se supo merodeaban por ese entonces en las costas de Chile.
En 1605, residiendo en la provincia de Carangas, por la noticia que se tuvo de una nueva incursión de corsarios, marchó al puerto de Arica a ofrecerse al corregidor de ese puerto para que le ocupase en servicio del Rey, y allí permaneció   -97-   hasta que, por orden del Virrey, pasado el amago de enemigos, se despidió la gente.
Ocho años más tarde, y hallándose de justicia mayor de la provincia de Cabana y Cabanilla y con ocasión de haber corrido voz de que los indios de los Charcas estaban conjurados para matar allí a todos los españoles, y especialmente a los clérigos, dispuso por bando que todas las milicias de su distrito se reuniesen en el pueblo de Juliaca para acudir en socorro de los amagados, y allí hubo, con ese motivo, de sustentar a su costa a los setenta y cinco soldados que se juntaron y a diez y seis sacerdotes, hasta que llegó aviso de que los amotinados habían sido castigados en La Paz y Potosí y debelada la conspiración.
Por último, en 1622, y con ocasión de un nuevo amago de enemigos extranjeros, marchó al Callao, donde ofreció su persona al Virrey, asistiendo a su lado, en la compañía que se formó de caballeros aventureros, a su costa y sin paga de ninguna especie.
Consta, asimismo, que había sido depositario general en la ciudad de Arequipa, y que fue casado con hija del licenciado don García de Vera, en la que tuvo tres hijos.
En vista de estos servicios, solicitaba del Monarca, en 1628, que se le nombrara para una de las plazas de contadores mayores de Lima, o de oficial de su Real Caja en esa ciudad, que no obtuvo, si bien se le mandó despachar cédula para que el Virrey le «ocupase conforme a sus servicios».
La última noticia suya que tengamos se reluce a la publicación que en Lima hizo del libro de que luego daremos cuenta, impreso allí, en 1632.
Del elogio que Lope le dedica parece desprenderse que Carvajal y Robles volvió en algún tiempo a España, que no otra cosa importan, a mi entender, los dos versos que dicen:

Tantas regiones penetrando y viendo
que del Betis le trujo a la ribera...



Tiempo es ya de que hagamos cuenta de la obra poética de Carvajal, que le dio lugar a que Apolo, por boca de Lope, le celebrara.
-Poema / heroyco del / assalto y conqvista / de Anteqvera. / A la Majestad Cató- / lica del Rey   -98-   Nuestro Señor don / Felipe Quarto, de las / Españas. Por don Rodrigo / de Caruajal y Robles, natural de / la ciudad de Antequere. (sic). / (Filete). Con licencia. / Impresso en la Ciudad de los Reyes. / Por Gerónymo de Contreras. Año de 1627. / (Colofón:). Con licencia, impresso en Lima (falta lo restante).
8.º -Port.- v. en bl. Retrato del autor (falta).- 22 hojas prels.- 317 hojas.
Prels.: -Décima del capitán Pedro de Reinalte, autor del retrato.- Al Rey, soneto de Diego de Carvajal.- Id. de Diego de Vargas Carvajal.- Escudo de armas Reales.- Dedicatoria a la Ciudad de Antequera: Lima, 14 de junio de 1627.- Censura de fray Francisco de la Serna.- Suma de la licencia: 12 de octubre de 1626.- Id. de la tasa: 13 de junio de 1627.- Erratas.- Dedicatoria al Rey: Lima, 14 de junio de 1627.- Décima del capitán Hipólito de Olivares.- Antonio Maldonado, de Silva al autor.- Soneto de Juan Antolínez de Landecho.- Fray Gabriel Durango Salazar, natural de Antequera, al autor.- Soneto de Manuel de Torres Villavicencio.- El autor a quien leyere.- Soneto de Hipólito Olivares.- Id. de Pedro de Vera Montoya.- Id. de Bernardino de Montoya.- Alegoría del poema.- Soneto de Diego de Sarzosa.- Décimas de Lorenzo Fernández de Heredia.- Décimas de don Diego de Sotomayor y Haro.- Plácido Antolínez de Landecho y Pedro Espinosa de los Monteros.- Soneto del capitán Francisco Maldonado.
Libro tan raro es éste, que de los pocos autores que le han citado, ninguno logró verle, entre ellos el propio Menéndez y Pelayo y, a tal título, creemos que bien vale la pena de que entremos a darle a conocer en algunos de sus detalles.
Consta de veinte cantos, y está escrito en octavas reales. De su contenido da fe la primera de esas estrofas:


   Canto las armas del heroico Infante,
que en el templo inmortal de la memoria
mereció que la Fama el valor cante
de su fe, su lealtad y su vitoria,
que por clara, por noble, por constante
alcanzó la alabanza, honor y gloria
que en el mundo ganó y fijó en la esfera
cuando asaltó los muros de Antequera.



Pues por más que, según este programa, el autor consagrara sus cantos a hechos relacionados con los combates que dieron por resultado la conquista por las armas españolas de aquella ciudad de poder de los moros, en el hecho no pasa así, de tal   -99-   modo, que por una ficción tan común en la epopeya, la intervención de un nigromante, le permite consagrar por entero el Canto X a celebrar al monarca entonces reinante y a los personajes que en su tiempo descollaron en el orden político y en el campo de las letras y especialmente, por lo que toca al Perú, a los capitanes que se hallaron en su defensa contra las invasiones de los piratas extranjeros. Omitiremos los elogios que el autor tributa a los netamente peninsulares, para concretarnos a los que tuvieron alguna figuración en América, siempre en la esfera literaria, enumeración que vendrá a completar así la que de ellos hicieron Cervantes primero, y más tarde Lope en su Laurel de Apolo.
Es el primero de los nombrados, por la intervención que le cupo en la defensa contra los piratas, don Francisco de Alfaro, celebrado jurisconsulto de aquel tiempo, autor del Tractatus de officio Fiscalis, impreso por primera vez en Valladolid, en 1606, y que alcanzó segunda edición en 1639:


    También despedirá la Regia Toga
en aquella ocasión, el varón raro
don Francisco, el Dotor, por quien aboga
la fama para honrar su nombre claro:
será contra la hereje Sinagoga
este farol del apellido Alfaro
un resplandor tan vivo, que la ciegue,
porque huyendo de su luz se anegue.

Un descanso será también süave
del gobierno, al Marqués su diligencia,
porque será su peso menos grave
con tal ejecutor de su prudencia...



Y entrando ya de lleno en el terreno de las letras, canta así:


    También en aquel siglo venturoso
cisnes habrá que vuelen con su pluma
a la esfera del Sol, sin que el rabioso
tiempo su eternidad sacra consuma:
que no hay deste Saturno riguroso
comedor de sus hijos, quien presuma
escapar de sus manos, sino sólo
el Cisne, a quien su aliento inspira Apolo.



  -100-  
Después de recordar a don Luis de Góngora y al mismo Lope de Vega, continúa así:


    El príncipe famoso de Esquilache
don Francisco de Borja dará precio
al canto con su voz, porque no tache
tan divino ejercicio el vulgo necio:
no habrá heroico valor que no despache
para dar a esta ciencia más aprecio,
desde su raro ingenio a su Poema,
porque a su autoridad la envidia tema.



Es de preguntarse, a propósito de la alusión que el autor hace al poema del Príncipe, que no puede ser otro que su Nápoles recuperada, como pudo ser que ya se hablara de él en 1627, siendo que sólo vino a ver la luz pública más de veinte años después. Según eso, estaría ya trabajando en él cuando servía su cargo de virrey del Perú'
Continúa Carvajal con la mención de otro escritor, también celebrado por Lope, don Juan de Solórzano Pereira, de quien dice:


   El varón singular que en cada ciencia
ha de lucir su nombre soberano,
y cada ciencia más en la eminencia
natural de su ingenio soberano,
y que de Lima en la triunfante Audiencia
ha de resplandecer, será el ufano
dotor Juan de Solórzano, que el mundo
no le dará primero ni segundo.



Y entre otros varios cultores de las Musas, cuyos nombres omitiremos por menos conocidos, a nuestro Pedro de Oña, a quien, al igual de Lope, recuerda por su poema del Ignacio de Cantabria, haciendo caso omiso de Arauco domado, que le es por tantos títulos superior, en los cuatro versos siguientes:

También de las Antárticas regiones
al docto Pedro de Oña en el Palacio
Apolo le pondrá de sus blasones,
porque la vida ha de cantar de Ignacio...



Así, de nuevo se nos ofrece aquí el hecho curioso de aludirse a una obra que sólo había de darse a la estampa doce años después de aquel en que Carvajal publicaba la suya.
  -101-  
Durante cuatro años permaneció muda la Musa de nuestro poeta, para dar ligera muestra de ella en unos versos que escribió en loor de don Hipólito de Olivares y Butrón y que se insertaron entre los preliminares de su Concepción de María Puríssima, libro impreso en Lima en 1631, para entregar en el año siguiente a la estampa uno de no escaso valor poético, de cuya portada podemos sacar el dato biográfico de que en ese entonces tenía el grado de capitán y era corregidor y justicia mayor de la provincia de Condesuyo, por nombramiento del Monarca. Se intitula:
-Fiestas / qve celebró la / Civdad de los Reyes del / Pirv, al nacimiento del serenís- / simo príncipe don Baltasar Carlos de Austria / nuestro señor. / A don Francisco Favsto Fernández de / Cabrera y Bobadilla, niño de / dos años, y primogénito, del / Excelentíssimo / señor conde de Chinchón, virrey del Pirú. / Por el capitán don Rodrigo de Car- / uajal y Robles, corregidor, y justicia mayor de la Prouincia de Colesuyo, por su Majestad. / (Gran escudo de armas del Mecenas grabado en madera). Impresso en Lima, (a costa de la Civdad) / Por Gerónymo de Contreras, Año de 1632.
4.º -Port.- v. en bl.- 4 hojas prels. s. f.- 88 hojas.- Apostillado.- En silvas.
Prels.: -Suma de la licencia: 14 de febrero de 1632.- Lic. del Ord.: Los Reyes, l.º de marzo de 1632.- Aprobación del doctor Bartolomé de Salazar: Los Reyes, 12 febrero de 1632.- Id. de fray Lucas de Mendoza: 20 de febrero de 1632.- El dotor fray don Fulgencio Maldonado al autor.- Soneto anónimo al Príncipe, en alabanza del autor.- Página blanca.
Pues Lope hace mención en su Laurel de Apolo de fray Lucas de Mendoza, parece del caso anticipar aquí lo que en aprobación del libro de Carvajal decía: «Grandes fueron las fiestas, mas nunca tan del todo grandes como en la relación de don Rodrigo de Carvajal y Robles, que son por extremo dichosos en crecer los asuntos que este caballero cría al calor de sus manos. Antequera, su patria, debe su inmortalidad a su poema con más verdad que a sus muros. Y estas fiestas, que ya, por   -102-   humanas, pasaron presto, tendrán de divinas la duración, perpetuándose en este libro, en quien he hallado mucho que admirar y nada que corregir».
Comienza así el poema:


    Fiestas de la ciudad, corte de reyes,
reina del Nuevo Mundo, que escondido
halló el afán sufrido
del gallardo Extremeño...



«En estas fiestas es curioso el haber ocurrido un terremoto en medio de ellas, y no menos en el poema su valiente descripción».
Cuando Carvajal publicó este su libro, ya circulaba por América el Laurel de Apolo y a él y especialmente al elogio tributado al antequerano hace referencia uno de los aplaudidores de las Fiestas, no sin cierto dejo de burla a tal producción del Monstruo de la Naturaleza, que no parecerá, por lo mismo, fuera de propósito que demos a conocer aquí:
«El doctor frey don Fulgencio Maldonado, capellán de Su Majestad y chantre de la Catedral de Arequipa, al capitán don Rodrigo de Carvajal y Robles.
»Si vuestra merced, señor don Rodrigo, hecho a que lo tan copioso y crespo de su estilo quiera descender a ver loores de su silva en la humildad del mío que en esta sequedad y desmayo arrastra, como se ve, por esos suelos sin elevaciones, sin círculos, sin enigmas; oiga en buen hora una oración con todos los verbos de su necesidad, y esos, castellanos naturales, domésticos: grande alivio a los comentadores desta epístola, que en tan buen año dellos, y porque me desconfiaré yo de que vuestra merced y yo nos veamos con nuestros mismísimos ojos comentados o adivinados, o hechos unas mayas con todos los dijes del barrio, que es lo mismo.
»Y en verdad que por entrar en el uso, que le he de dar a vuestra merced sus alabanzas en comento, que es como si dijéramos en jigote, el más valido de los platos.
»Pues luego, ¿me faltará texto para salir a la empresa? ¿O no será texto de los que guardará la fama en gavetas de diamante, diáfanas a su gozo, e inmortales a su crédito?

Aquí con alta pluma don Rodrigo
de Carvajal y Robles describiendo
-103-
la famosa conquista de Antequera
halló la fama y la llevó consigo
tantas regiones penetrando y viendo,
que del Betis le trajo a la ribera;
y haciendo por su hijo
festivo regocijo,
las bellas ninfas el laurel partieron,
y como ya sus dulces musas vieron
restituidas a su patria amada,
tomó la pluma Amor, Marte la espada.

»Así sintió, y así dijo de vuestra merced el Homero, el Plauto, el Terencio, el Píndaro español; que en todos estos le hallan el espíritu a Lope de Vega, varones grandes; y yo dijera que tiene el de todos juntos. Ni temería censura de desapasionados, si añadiese que cuanto ameno, cuanto robusto, cuanto florido, cuanto grave se halla repartido de buenas letras en modernos y antiguos, se ve en una admirable armonía en solo este ingenio.
Rumpatur quisquis, rumpitur invidia.


»Ni multipliqué acaso verbos, cuando dije: ‘Así sintió, y así dijo de vuestra merced’. Antes con advertencia supuse que dictó propio sentimiento sus palabras ocurriendo a la tácita.
»¡Mira (dirá alguno) qué calificación, aunque sea del que llaman príncipe de poetas; andar en un libro pepitoria, donde a vueltas de una cabeza salen cien pies! Y añadirá: jactancia fue de Lope derramar tantos aplausos, debidos pocos, graciosos los más, en argumento de lo que quedaba deso en la fuente de su ingenuidad siempre perenne; y en suma, poca cosa para desvanecerse (dirán todos): elogios del Laurel de Apolo, donde los tienen N. N. N.
»Confiésole esta falta al tal Laurel y no la negará su autor, yo lo aseguro. Ni quiero averiguarle el nombre a esta suerte de afectación. Hidalga y libre la oigo llamar a aquel maestro, a aquel de incomparable piedad y erudición, el maestro Valdivieso en su prólogo.
»Corramos con eso, y excusémosle con la memoria de un San Jerónimo, avisado como nuestro abulense y otros, de nimios en   -104-   la credulidad a tradiciones hebreas. Fió Lope su juicio a algunos que le mintieron en la relación enormemente. Como esos andan por ahí mentidos en aplausos, acreditados en aprehensiones contra toda justicia.
»Dígase, pues, con singular gloria de vuestra merced, que en este su elogio fue Lope el que sintió, y Lope el que dijo:
Aquí con alta pluma...


»Alta por el sujeto, por la materia, (va de iluminacioncita) Cicerón: alta et exagerata, Horacio: alta mese, dijo Quintiliano: altiores litterae, Séneca: ni va lejos desta adjetiva Virgilio, ‘III Georg’.
»He aquí, señor don Rodrigo, me tiene usted calificado comentador, sin más costo que dar una ojeada a textos; a la fe, esta es la verdadera manufactura, y el desabrido chirle de que esa turba de atarantados nota a los secuaces de Lope.
»Alta también se llama la pluma de don Rodrigo, porque es suya, y anda en las manos de su calidad, que señala en sus apellidos el verso siguiente:
De Carvajal y Robles...


»Nació don Rodrigo, debiendo esto a la naturaleza que se halló en ella, si no cabeza fantástica y señor de casa y títulos, a lo menos honrado escudero de casas de títulos y señores tan conocidos en toda España, como él, por su ilustre sangre.
La famosa conquista...


»Detuviérame yo aquí contra las estrechas leyes deste elogio, carta, encomiástico, o como fuere su gracia, a no haber hablado antes el L. Antonio Maldonado en el nombre, como muchos, pero donado bien, como muy pocos, de dotes de ingenio y erudición admirable, en quien nacer al magisterio y a la vida pareció una acción y un tiempo mismo.
Halló la fama...


»Halló, no dice en don Rodrigo la dicha de algunos que no la buscaron, y por lo mismo en la verdad no la merecieron; que el   -105-   laurel inmortal, que quiera que halla dicho mi Tasso caduchi allori, inmortales fatigas le producen, y por eso sigue:
Las bellas ninfas el laurel partieron.


»Debidamente, por cierto, que para ingenios como el de don Rodrigo te criaron los dioses en las silvas. Embósquese en ésta el que quisiere sentir como Lope, y hallárase una vez y otra y mil veces cogido de suspensión, causada, ya de lo dulce de sus descripciones, ya de la hermosura y pompa de las voces; y los que entraren más dentro, hallarán más rigurosas observaciones del arte, que basten al mal contexto del Bocaliño, que en este punto halla siempre que desear aún en los Virgilios y Homeros.
»Contentémonos, señor don Rodrigo, con lo dicho, que yo sé de la dificultad con que oye vuestra merced sus alabanzas, que ha rato que aun en esto poco sobra mucho a su modestia. Y yo es bien que me detenga, porque con mucho más no llegará a medio camino el deseo de enviciarme en ellas. Y para lo que falta de epítetos, observación de imitaciones y otros aparatos de prolijos comentos, podremos remitirnos a los Ravisios y a los Eritreos en sus oficinas y concordancias.- Vale».





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