Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

sábado, 24 de agosto de 2013

1779.- JOSÉ FERNÁNDEZ REVUELTA


José Fernández Revuelta 

Nació en Almería en 1927. Terminó sus estudios de Bachillerato en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Almería, donde fue alumno de la inolvidable Celia Viñas, en cuya clase nacieron sus aficiones literarias. Estudió Derecho en la Universidades de Granada y de Murcia, y desde 1955 ejerce la abogacía en Almería. Primer presidente de la democracia de la Diputación Provincial de Almería. 
Colaboraciones suyas aparecen esporádicamente en la prensa almeriense (artículos, pequeños trabajos literarios…), destacando su “Relato semanal” que se publica en la Voz de Almería todos los domingos desde 1991, muchos de ellos dedicados a temas almerienses. Numerosas conferencias sobre temas jurídicos y literarios, el Pregón de Semana Santa Almeriense en 1969, primer pregón de la “Virgen del Mar” en la Feria de Agosto, algunos poemas en concursos literarios, entre ellos el convocado por el Excmo. Ayuntamiento de Almería con motivo de la Semana Naval.

POESÍA

Ha publicado dos libros de poemas y tiene abundante producción lírica inédita:

Umbral ardiente, Gráfikás Ediciones, Almería, 1973. 
Poemas del hombre nuevo, editorial Cajal, Almería, 1976. 
Aparece en Poesía almeriense contemporánea (antología), de Pedro M. Domene y José Antonio Sáez, Batarro, Albox, 1992.

PROSA

Además de sus referidos artículos, publica en 2003 Presencia y latido, selección de relatos cortos, Instituto de Estudios Almerienses, Almería.


JOSÉ FERNÁNDEZ REVUELTA

Abogado y político

El primer presidente de la Diputación Provincial de Almería iniciada la última etapa democrática en España, fue José Fernández Revuelta, un abogado almeriense nacido el 5 de agosto de 1927. Sus vinculaciones con la política parten de su representación en los Tercios de las Corporaciones como diputado por el Colegio Profesional de Abogados.

En 1978 y como candidato de la UCD, accedió a la presidencia de la Diputación Provincial, era entonces concejal del Ayuntamiento de la capital almeriense. Su estancia en el sillón provincial duraría un mandato.

En ese tiempo desde esta administración se respaldó y apoyó económicamente la creación del Colegio Universitario de Almería, el famoso CUA, así como en el Patronato. De esta época es también el nacimiento del Instituto de Estudios Almerienses que tendría vocación de recoger y promocionar la cultura de la provincia y de sus ciudadanos.

Esta primera legislatura democrática fue además el tiempo en que se impulsaría la creación del polígono industrial de La Redonda, en El Ejido.

En la actualidad, José Fernández está retirado de la política, se dedica a la abogacía y a la literatura.




En su primer libro de poesía, Umbral ardiente, dedica el poema “Almería”, de las páginas 95-96, a los poetas almerienses de ahora. En él expresa su amor intenso a esta tierra que lleva muy dentro de él.



Te llevo
tan irremediablemente dentro,
que habrían de arrancarme
tu azul de mis ojos,
o de mis uñas, el ocre de tu tierra…

Tendrían que borrar de mi ser
tu desierto, la palmera,
el mar, el oasis,
la cal y la espuma.
Y, a pesar de todo,
no te apartarían de mi entraña.

Tendrían que arrancarme
—tira a tira—
la piel curtida por tu brisa,
o el recuerdo,
o la noche tibia
y el sol estrangulado en una esquina.
Y, a pesar de todo,
no te apartarían de mi entraña.

Habría de olvidarme
de la luna
destrozada sobre el mar
en una noche de agosto.
O de esa increíble mancha de colores
que hiere mis ojos
en cualquier día…
Y, a pesar de ello,
seguirías en mí.

Habrían de arrojarme
más allá del tiempo y la distancia
y siempre quedaría
un deseo imborrable,
una sed de ti en la espiral sin fondo
de mi alma.





En este libro aparece también el titulado “Es mi deseo descubrirte…”, de las páginas 103-104, que dedica a la provincia de Almería, cuadrícula entrañable de España.





Es mi deseo descubrirte,
desnuda y pura, 
sin folklore, ni uvas doradas;
ausente la guitarra, la naranja
y la palmera.
Quiero llegar a tu entraña
a tu ser estoico,
callado, abierto y desconcertante.

Porque eres encrucijada de culturas,
—cabalística—
con historia y prehistoria.

Sólo te fecundas
con la lágrima o el beso húmedo,
y tu tierra es caliente
de dentro a fuera.

Es una tierra con alma,
con un alma que crea paisajes,
a veces desolados,
pero siempre transidos
de una indecible espera.

Has engendrado a tus hijos,
volcando en su ser
la paciencia, el arte,
la ironía
y la fantasía exuberante.

Por eso quiero
descubrirte y describirte,
desnuda y pura,
indaliana, mediterránea,
indolente, prehistórica
y recopiladora de futuros.

Eres una parcela
enigmática e interrogante,
inquieta, cambiante,
como una ola o un suspiro.




En “Desierto de Tabernas”, de las páginas 117-118, aparece dibujado este típico paisaje almeriense, universalmente conocido por las películas que en sus ramblas y montes se han rodado.




Paisaje extraterrestre,
eclosión de ocultas
e ígneas fuerzas.
Tierras violadas por el sol,
una y mil veces,
arañadas por el viento,
muertas por el silencio.
Donde los cauces son
inmensos interrogantes,
y los pájaros enmudecieron,
en un amanecer cualquiera.
Donde la muerte
nace y muere.
Como si la naturaleza
hubiese cubierto sus más recónditos secretos
con un inmenso manto ocre y gris,
creando paisajes
que no tienen total cabida en la imagen
y sirven de inspiración a la fantasía.
Después de recibir
tu impacto en mi retina,
cualquier verde pradera
me resulta vulgar tópico,
cromo,
tímida invitación al reposo,
negación de la aventura.
Ausente el horizonte y la recta.
Sólo suaves curvas,
grandes y suaves arcos,
como si se hubiese dormido al sol
la madre naturaleza,
cansada, vencida,
desolada y muerta.




En su segundo libro lírico, Poemas del hombre nuevo, alusiones al paisaje almeriense sin nombrar de forma explícita sus lugares. Destacan los títulos “Amanecer en la ciudad” y “Adiós a una vieja casa”. En el primero, páginas 67-68, recoge el paisaje físico y humano del inicio de una jornada laboral en la ciudad.




Tímidamente,
han comenzado a borrarse
las tinieblas
dibujándose, poco a poco,
el perfil de las cosas cotidianas:
la calle, la esquina,
el árbol, el buzón de correos,
el disco de tráfico

El color es todavía incipiente
—¿rosa, gris?—
bañado por una luz tímida
y elemental.

Despacio, 
el sol va sembrando rayos
en las casas y en las cosas,
y nacen los primeros ruidos:
las campanas,
el autobús
la pequeña motocicleta,
el pájaro madrugador…

Está naciendo —otra vez—
la Ciudad.

Es un nuevo día,
quizá igual a todos,
quizá distinto.

Pero el hombre se siente nuevo
y prepara sus armas
para la siempre incitante
y hermosa aventura
del trabajo.



En el segundo, “Adiós a una vieja casa”, de las páginas 85-87, llora ante el derribo de una casa, llena de recuerdos, por las máquinas que no saben de sentimientos ni del pasado y lamenta que el paisaje urbano sea destruido de esta manera.




Caótico amasijo de hierros,
piedras,
plantas muertas y maderas rotas, 
es la realidad
irreversible y dolorosamente viva.

Lo que fue alegre cuarto de juegos
con dibujos infantiles en las blancas paredes
o cálido cobijo
del amor, la palabra, la caricia
o el susurro.
Ahora, nada.

Los rojos geráneos del jardín
y la tímida mimosa,
han sido, cruelmente,
enterrados vivos.
Allí donde se compartía
el pan, el vino y la amistad
entre cuatro cálidas paredes,
ha muerto también.

Aquellos ángeles pintados
en el techo
—tan deliciosamente cursis—
han sucumbido
como si les hubiesen amputado las alas
rotundamente.

Fue una horrible máquina,
que empujaba, rugía,
crujía y retorcía
con indefinible estruendo.

No respetó las tímidas e íntimas ventanas
ni la placa dorada de la puerta
—profesión todavía viva,
de quien dejó de poder ejercitarla—,
ni los escalones de mármol gastado
que tanto sabían
de alegrías, de saltos de niños,
de despedidas
y también de muerte.

Tampoco respetó 
aquella simulada chimenea
que jugaba a ser importante
sin el rubor del fuego…

Fue una horrible máquina
pintada de amarillo
cabalgada por un hombre
con casco amarillo 
y cara amarilla de polvo y de ictericia.

No respetó nada.
Y desapareció siendo polvo, para siempre,
aquella entrañable, absorta casa,
de antigua piedra
con pátina de días y cansancio.

Su tumba no será una plaza
con jardines, fuentes, flores
y niños jugando a la rueda. No.

Será un alta, cuadrada y fría mole,
con cien ventanas iguales,
cubículo de computadoras,
muebles grises, tubos fluorescentes
y máquinas para todo.

Será un rotundo espacio
sin fuego, sin olor
sin un tímido geráneo
ni una tímida paloma
ni una tímida sonrisa
ni tímidas ventanas con visillos.

Será un tremendo espacio sin amor.





[POESÍA DEL PAISAJE ALMERIENSE: ESTUDIO Y TEXTOS
María Isabel Galera Fuentes]







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