Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

lunes, 9 de junio de 2014

GONZALO ENRÍQUEZ DE ARANA Y PUERTO [2.030]




GONZALO ENRÍQUEZ DE ARANA Y PUERTO  

Caballero ilustre, natural de Montilla, Córdoba (1661-1738); floreció a fines del siglo XVII y principios del siguiente. Escribió poesías líricas, y, entre ellas, en su Colección autógrafa e inédita, que formando un tomo de mas de 600 páginas y titulada: El Cisne andaluz, posee el señor Gayangos, se hallan tres composiciones dramáticas.

El Cisne andaluz, colección de poesías del expresado. Manuscrito autógrafo, en la biblioteca del señor don Pascual Gayangos.

Contiene:

El siempre heroico Español, trágico fin de su madre. Comedia en tres jornadas.
El perdido mejorado, loa en celebración de los años del excelentísimo señor don Manuel Fernández de Córdoba y la Cerda, marqués de Montalbán.
Sainete cantado entre dos coros, en recibimiento de la soberana imagen de Jesús, el día de su traslación a su capilla.



Gonzalo Enríquez de Arana (1661-1738) y
su obra teatral en el barroco tardío

Por Antonio Cruz Casado
I. B. «Marqués de Comares» (Lucena)

(Extractos)



«A la gloriosa muerte del Excelentísimo Señor Duque
de Béjar en el sitio de Buda»

Repara en este mármol, caminante,
donde en llanto está el gozo convertido,
en negras sombras lo que luz ha sido,
lo grande en nada, en polvo lo arrogante.
Aquel que ayer se vio Scipión triunfante
a un empellón del hado hoy ha caído;
este sepulcro es hoy sobrado nido
a quien un mundo ayer no fue bastante.
De Béjar al gran duque compasiva
la piedra abraza, que aun la piedra gime
lo que aun pechos de mármol tristes sienten.
Si su muerte a los ojos siempre es viva,
más vivo siempre su vivir se imprime
en ánimos que muerto le desmienten.


La comedia, que al contrario que la de Bances, que puede considerarse una fiesta palaciega y de aparato, presenta una gran desnudez de medios escenográficos, tiene un sentido moral y religioso muy encomiástico para el duque, al que se presenta como un paladín de Cristo en la lucha contra los turcos que se han hecho fuertes en la ciudad de Buda. Así lo expresa el personaje desde el principio de la obra, en su conversación con García, el gracioso:



Por la fe voy a reñir,
y el que a Cristo ha de buscar
todo lo ha de abandonar,
si es que le quiere seguir (vv. 177-80)



y más tarde, en el largo parlamento histórico-genealógico de su estirpe, indica que, aunque está casado, tiene dos hijos y es un hombre feliz, el sentido de cruzada contra el infiel le ha movido a entrar en combate:


Es mi nombre don Manuel
Diego López, mi apellido
es De Zúñiga, solar
que en España siempre ha sido
tan valiente como ilustre (vv. 778-82)

[...]

Mas viendo que de esta unión
me hallaba ya con dos hijos,
y que a mi casa con ellos
la quedaba algún arrimo,
la ociosidad despreciando,
maestra infame del vicio,
sin detenerme a la guerra
ansiosamente camino.
Mas no pudiendo sufrir
los ardientes incentivos
de batallar por la fe,
que me abrasaban activos,
lucho, batallo, peleo (vv. 890-902)


La misma idea mantiene en el momento de su muerte:


Yo cuando vine a la guerra
fue a morir por Cristo, es llano,
y que también yo dejé
por seguirle mis estados (vv. 2563-66)


argumentación que aparece también en algún otro personaje, como el emperador Leopoldo, al justificar la acción militar, indicando al respecto:


Haced, mi Dios, que el bárbaro otomano
confiese vuestro nombre soberano
en su ruina, y que vea
que es vuestro gran poder el que pelea
en favor del católico rebaño,
que da su sangre con aliento extraño
por vos y por la fe, y aun por sí mismo,
prolongando bizarro el cristianismo (vv. 243-45)


La misma madre del duque, en su delicada oración a la Virgen, hace referencia a la cuestión:


Mis hijos, señora,
en cruda batalla
por Cristo y su iglesia
su sangre derraman, (vv. 3075-78)


y en la relación final de García se insiste en este aspecto:


Quedó de muerte herido, el que fue muerte
en poco tiempo del traidor pagano,
y en los tres días que vivió por suerte
se dispuso con actos de cristiano,
para probar en paz del trance fuerte
el rigor de su tósigo inhumano (vv. 3557-62)



Pero no sólo la obra desarrolla la muerte y la figura del Duque de Béjar, el cual luego legaría su corazón, en un rasgo que podríamos calificar como romántico religioso, al santuario de la Virgen de Guadalupe, a donde fue traído, sino que también se ocupa, como indica la segunda parte del título, trágico fin de su madre, de la madre y también de la esposa del héroe. Se trata de dos figuras femeninas delicadas, candorosas, gráciles, como corresponde a la relación familiar que sustentan con el protagonista, cuyo fin causa de rechazo la muerte de la madre, D". Teresa Sarmiento. El desvelo de la duquesa madre es constante a lo largo de la obra, ya expresando su angustia y su inquietud ante la falta de noticias:


Mares, si ya me escucháis,
ríos, si mi mal oís,
aguas, si al cielo subís,
rocíos, si del bajáis,
¿cómo tan duros estáis
[b] a los suspiros que os doy
y no atendéis que os estoy
pidiendo, en blanda porfía,
una porción de agua fría,
pues toda un incendio soy? (vv. 1371-80)


o ya rezando ante la Virgen María en uno de los fragmentos más sentimentales conseguidos de la obra:


Sed dulce paloma
que en la verde rama
de la oliva enlaces
la paz soberana,
trayendo con ella
consuelo a mis ansias,
como otra que fue
alegría del arca.
Sed iris piadoso,
que en tanto borrasca
alivios influya
y nieblas deshaga.
Sed dulce Favonio,
que a soplos del aura
mitiga el incendio
que fiero me inflama.
Mirad que me abraso
en trémulas llamas,
regadme este pecho
por ver si descansa.
¡Ay de mí!, que he quedado
cual flor delicada,
que el sol si la enciende,
la quema la escarcha, (vv. 3051-74)


También la esposa, un tanto relegada al cuidado de sus dos hijos pequeños, aunque esto se diga de forma explícita en la comedia, expresa convincentemente su dolor por la muerte del marido:


Mujeres, las que me veis
bañada en deshecho yelo,
¿cómo, por no dar consuelo,
llorar mi mal no queréis?
Vosotras, las que sabéis
sentir en blandos raudales
los halagos maritales,
que en polvo se han convertido,
si mi arrullo habéis oído,
¿cómo no lloráis mis males? (vv. 3439-48)


En cuanto al lenguaje que se emplea en la obra, hay que señalar que se trata de una expresión cuidada, bastante elaborada en algunas ocasiones, con notable vigor en algunas escenas, como ocurre en la muerte del duque, que se lamenta en los siguientes términos:


Aquí concluyó mi aliento,
¡ay de mí! ¡Quién con las manos
pudiera romperse el pecho
para sacarse a pedazos
esta víbora de plomo
que disfrazada en un rayo,
batido en la fragua infame
del abrasador Vulcano,
se enrosca en él, escupiendo
de su veneno lo amargo,
a cuya ponzoña, ¡ay triste!,
la vida me va faltando! (vv. 2426-37)


Se documentan además algunos restos de cultismos, en la línea de los seguidores de Góngora, detalle que se le ha achacado al autor con claro sentido peyorativo, pero que no es superior, sin duda, al de Bances o al de otros seguidores de la fórmula de Calderón. De esta forma, el Duque de Béjar habla con el Duque de Lorena y le recuerda sus antepasados:



Bien sabéis, Carlos invicto,
en cuyas arterias laten
de Godofre de Bullón
los desangrados corales,
como ayer, cuando a bostezos
iba el pretensor de Dafne
hurtando luces al día
por entre opacos celajes,
y ocasionando a la noche,
que por rumbos orientales
de obscuras sombras tejiese
sus nocturnos tafetanes (vv. 1828-39)




El mismo carácter alusivo y culto se advierte en el fragmento mencionado anteriormente, referido al plomo que le ha causado la muerte.
En fin, ésta ha sido una somera lectura y aproximación crítica, que creemos primera, de una pieza dramática de cierta enjundia y valor, realizada por un escritor del barroco tardío escasamente conocido, tentado ocasionalmente por el teatro en diversas creaciones que, si no pueden considerarse estrictamente obras de encargo, sí están motivadas por devociones, afinidades o relaciones personales o familiares. Su conocimiento contribuye, sin duda, a completar un panorama teatral en el final del siglo XVII que, salvo en el caso de Bances Candamo, no ha merecido gran atención por parte de la crítica, puesto que todavía parece que nos movemos en esa tierra de nadie de la mal llamada decadencia cultural del período, cuyo sambenito habría que eliminar con el fin de tratar de ver, con la mayor claridad posible, lo que fue la transición entre el postrer barroco y el primer neoclasicismo. Y este escritor andaluz ocupa cronológicamente ese lugar histórico, uno de los peor conocidos de la historia de la cultura española.



No hay comentarios:

Publicar un comentario